En el segundo día de mis prácticas de este año he vivido una de las
situaciones que, sin esperármelo, más iba a marcarme. Estábamos en clase de
arte, en inglés por supuesto, porque ahora los idiomas son lo más importante, y
la tarea consistía en presentar al resto de los compañeros un dibujo que
resumiese el verano y describirlo empleando quince verbos diferentes. Como
tarea no es la más original ni la más motivadora, pero allí se pusieron todos
manos a la obra. Les vi muy decididos, cosa que me agradó, pero no habían
pasado ni tres minutos cuando el primero de los alumnos dijo, en voz alta, que
no se le ocurría nada y que no sabía qué dibujar. Como era de esperar le
siguieron la mayoría. Para evitar el gallinero que se estaba formado la
profesora optó por darles carta blanca y poder dibujar lo que les apeteciera,
sin necesidad de que estuviera relacionado con su verano. Ahora sí, parecía que
todos habían recibido la visita de las musas y sabían lo que hacían.
Fue en el momento de la exposición de
los trabajos cuando me di cuenta de que nada era igual. La mayoría, de
diecinueve alumnos, trece, chicos y chicas, narraban hechos violentos. No
disparatados, ni ridículos, ni sin sentido, no, violentos. Todos iban a atacar
el mundo con bombas atómicas, tenían misiles para acabar con medio planeta,
habían fabricado armas letales contra las civilizaciones o incluso, lo más
grave para mí, un alumno usó, como el dijo, una pistola de calibre cuarenta y
cinco para matar a su hermana por haberle quitado un muñeco. ¿PERDÓN? Yo con tu
edad, diez años, estaba jugando a las muñecas, iba al parque, me montaba en los
columpios, veía diez minutos de tele, con mi madre al lado, por supuesto, y
cocinaba galletas con mis amigas los viernes. ¿Matar? ¿Bombas atómicas?
¿Pistolas de calibre cuarenta y cinco? ¿QUÉ HA PASADO? Me encantaría poder
decir que no hay una infancia buena y otra mala si no que son diferentes pero
no, no lo voy a hacer. La de estos niños es una infancia mala, en la que
dedican al tiempo libre que tienen a creerse aniquiladores de primera.
Impactada por lo que había vivido, el domingo leo en el suplemento de uno
de los periódicos nacionales, que los jóvenes de ahora se sienten integrados
dependiendo de la cantidad de “Likes”, “Me gustas” o amigos tengan en las
diferentes redes sociales. Que la media son 80 Me gusta y que los que están por
debajo tienen unos índices de popularidad baja. Decía el artículo que, además,
lo normal es que los niños en las redes sociales tengan alrededor de 500
amigos. ¿Qué niño de entre 12 y 17 años conoce a ese número de personas? ¿Qué
persona, ya no niño, conoce a esa cantidad de gente? NADIE. Es imposible que
esto sea posible.
Sin salir de mi asombro, encuentro cierto paralelismo con cuando yo
tenía esa edad. Siempre ha habido gente más reconocida que otros, gente con más
amigos que otros pero no se medía por los Likes, sino por la cantidad de
cumpleaños a los que te invitaban, el grupo que conseguías reunir en el patio
para jugar a la comba o las amigas que invitabas o te invitaban a dormir un
viernes a su casa. Ahora, además de esto, tienen otro filtro de popularidad,
las redes sociales.
Lo que más me sorprende de todo esto, no es que los niños sean violentos,
que también, o que haya personas con mayor don de gentes que otros, lo que de
verdad me impacta es el acceso tan libre que los niños tienen a todo tipo de
tecnologías. No voy a ponerme como si fuera mi abuela y decir eso de “Cuando yo
era joven… “porque sigo siendo joven y porque entiendo y acepto que los tiempos
han cambiado. Lo que no me gustaría es que los alumnos perdiesen su infancia y
no disfrutasen de las cosas simples que tiene esa etapa. No me parece justo que
quemen etapas antes de tiempo. Desde mi situación de futura profesora, es algo
en lo que me detendré más adelante, creo que juego un papel importante.
Sin intención de que suene cursi o
utópico quiero que mis alumnas se prueben los tacones de su madre y destrocen
su maquillaje para andar por los pasillos de su casa, en vez de ser, con once
años, unas adictas a los Instagram de las modelos más famosas y las marcas de
ropa más reconocidas. Prefiero que mis alumnos se pongan delante de un espejo y
se crean los más fuertes y hagan posturitas, antes de estar pegados a la
televisión como locos, viendo cómo se pegan palizas unos a otros.
La tecnología es un avance que ha ido creciendo con la evolución de la
sociedad y es algo tan natural como el
haber dejado de lavar a mano y usar las lavadoras. Tanto es así que el Banco
Mundial tomó “el acceso que los países
tienen a las TIC como uno de los cuatro pilares para medir su grado de avance
en el marco de la economía del conocimiento” (Cobo 2009). Hay que convivir
con la tecnología y, sobre todo, hay que aprovecharse de ella, hay que sacarle
partido. El ámbito de la educación es uno de los mejores ejemplos.
Si alguno de los defensores del constructivismo hubiera contado con la
posibilidad de usar las TIC, entendiendo éstas como tecnología de la
información y la comunicación, habrían tratado de explotar al máximo esta
herramienta. Esta teoría de la educación que data de 1920, defiende que cada
individuo crea su propia visión y conocimiento sobre el mundo, que cada uno
crea su propia realidad. Como se puede leer en uno de los textos, el
constructivismo lleva años existiendo pero es ahora con las TIC, cuando
realmente puede llevarse a cabo en su mayor expresión. (García Cabezas 2011)
Vygotsky
y su Zona de Desarrollo Próximo (ZDP) resaltan la importancia del trabajo
cooperativo y como un alumno puede aprender más estando en un grupo que como
único individuo. Con él, el rol del profesor cambia y que exista un apoyo como
las TIC, a la hora de desarrollar trabajos en grupo es clave. El profesor ya no
es la fuente de conocimiento del aula si no que se convierte en un “guía del
conocimiento” (García Cabezas 2011) a
través del que, usando la tecnología pueden lograrse cosas increíbles. El
conocimiento se adquiere mediante la interacción de las personas y con las
tecnologías puede existir este intercambio de información no solo con aquellos
que están en tu aula si no aquellos que están a kilómetros de distancia en
clases con culturas diferentes. Es una realidad al alcance de la mayoría que
puede enriquecer tanto a los alumnos como a las clases.(García Cabezas 2011)
Otro de los pilares del constructivismo es el aprendizaje significativo
de Ausubel que consiste en aprender algo de tal manera que no se vaya a olvidar
jamás, que permanezca siempre. Para ello hay que basarse en la experiencia. Hay
que relacionar el contenido que se quiere integrar con alguna idea previa, para
poder anclarlo. La experiencia tiene una importancia suprema en este proceso.
Para que este aprendizaje sea efectivo una profesora ha de usar muchos ejemplos
y crear una participación activa de los
alumnos. Estos requisitos pueden conseguirse con el uso de una pizarra digital
interactiva o con ejemplos en 3D que pueden obtenerse de internet. (García
Cabezas 2011)
Lo importante de las tecnologías no es qué tipo de tecnología uses, sino
cómo la uses. Las Tic no dejan de ser una herramienta más a la que recurrir
para completar las clases. Hay que ser consciente de que un uso continuado y
sin modificaciones puede acabar desmotivando a los alumnos. Dice Lafferiere en
el texto “A close look in to role of ICT in education” que a la tecnología hay
que sumarle interés y motivación. (Reza, H. et
allí 2010) Es cierto que este recurso despierta curiosidad en sí mismo pero
que la magia del principio, como en las relaciones, si no se trabaja, no va a
durar siempre. Para poder crear este sentimiento en los alumnos todos los
maestros que vayan a trabajar con TIC en su aula, tienen que haber tenido una formación
previa. (Carneiro R, et allí) Un buen maestro, igual que un médico, tiene que ir actualizándose
durante toda su vida para no quedarse, como me dijo a mi tutor de prácticas el
otro día “obsoleto”. Ella me dijo que como yo había estado danzando por
diferentes colegios le ayudara a modernizarse y a darle una bocanada de aire
fresco a su forma de enseñar. Los maestros tienen que seguir un ritual a lo
largo de su vida profesional que es un círculo vicioso que tiene tres pasos:
formación – innovación – investigación. Con estas tres pautas un maestro podrá
estar siempre preparado para cualquier novedad.
Dejando de lado la tecnofobia docente (Fernández y Avilés, 2011) general
que existe en la profesión hay tres actitudes diferenciadas que se presentan
frente a las tecnologías: optimismo, escepticismo y desasosiego (Gallego et allí 2010). He tenido la suerte de
atravesar las tres con diferentes profesores en los centros de prácticas y en
la propia universidad. Empezando por el final, el desasosiego podría ser normal
en profesores mayores que ya no tuvieran ganas de ponerse a aprender, pero he
visto ese sentimiento en profesores jóvenes a quienes les da pereza formarse y
no ven las tecnologías más que como una amenaza que puede quitarles su puesto
de trabajo y como un ventana hacia un mundo de perversión. Su argumentación
contraria a las TIC se sustenta en el miedo que tienen simplemente por
desconocimiento.
El escepticismo es quizá la postura más extendida entre el profesorado y
entre algunos de mis compañeros de clase, que dentro de un año, con suerte,
estarán formando parte de un claustro en un colegio. Es que si todo lo hacen
con tecnologías cómo lo van a interiorizar bien, cómo van a hacer buena letra
si escriben con ordenador. Las faltas de ortografía las corrige la máquina, y
los cálculos lo hace la calculadora. Son personas que tienen TIC en su aula
pero que son reticentes a usarlas. Las emplean para poner algún vídeo, enseñar
alguna imagen o visionar alguna película, pero nunca como herramienta de apoyo
al conocimiento o la enseñanza.
El optimismo lo viví en primera persona el año pasado en el colegio Ramón y
Cajal de Arturo Soria. Cuando empecé a hacer las prácticas allí el año pasado y
me explicaron el funcionamiento no podía creérmelo: no había libros de texto,
había ipads. En la clase había una pantalla enorme y al lado una pizarra
blanca, no era digital. Estos maestros habían desarrollado un sistema en el que
los libros de texto, hechos por ellos mismos, estaban en el aula y servían como
soporte teórico a las explicaciones que ellos daban. Con las TIC conseguían
motivar a los alumnos con aplicaciones para hacer mapas mentales, con juegos de
cálculo mental, de vocabulario. Practicaban mucho el trabajo en equipo y la
puesta en práctica de la teoría aprendida. Los resultados que presentan los
alumnos de este centro son muy buenos a lo largo de todas las etapas de la
educación. No son un centro de operaciones en el que estuvieran usando las
tecnologías de manera continua. Simplemente hacían un uso extraordinario de las
mismas como un apoyo fundamental a los contenidos. Quiero mencionar que además,
todos los alumnos tenían sus cuadernos, sus lápices, bolis, su buena letra, sus
números desastrosos y todas las características de alumnos normales. Lo que hay
que hacer ver es que las tecnologías son buenas no son el enemigo.
Como conclusión, las tecnologías son un recurso muy bueno para un maestro
siempre y cuando éste esté bien formado y tenga claros los objetivos que quiere
conseguir con la aplicación de las mismas. Los niños tienen una predisposición
muy buena a todo lo tecnológico pero no basta con eso, hay que seguir motivando
y creando expectación. Hay que evolucionar, no nos quedemos atrás.
BIBILIOGRAFÍA
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futuro docente ante las competencias en el uso de las tecnologías de la
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Creative Commons Attribution-NonCommercial Share Alike 3.0 unported license.
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Cristóbal Cobo, J. (2009). El concepto de tecnologías
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